Cada noche, a las siete.

Actualizado: 27 abr


Si hay algo que distingue a toda pandemia es que llegan en el momento menos esperado. Derriban la puerta de una sola patada, dejando a los equipos médicos, autoridades políticas y a toda sociedad completamente desvalida. En 1917, los doctores del ejército norteamericano declaraban con total orgullo a la prensa: “por primera vez morirán mas soldados por las balas que por enfermedades”. Se sentían seguros de los avances de la ciencia; y como no, si ya tenían anestesia, cirugía antiséptica, rayos X, sin sospechar siquiera, que en sus propios barcos con destino a Francia, fallecían los primeros soldados a causa de la gripe española.

La primera pandemia del siglo veinte había comenzado.

Rápidamente la peste se expande a lo largo del frente oriental. En el campo de batalla mueren mas soldados por el virus que por las balas. Ante tal espectáculo, los cuerpos médicos no son más que simples espectadores que se mueven con sus insignificantes equipos de aquí para allá, impotentes y totalmente desorientados. Los soldados que regresan de las trincheras trasladan la peste a las calles. Hombres, mujeres y niños, fallecen a los tres o cuatro días de ser contagiados. Todo es caos y desesperación. En un acto de total irresponsabilidad, diferentes periódicos publican antídotos, pócimas y elixires milagrosos, abarrotando las farmacias, creando nuevos focos de propagación. Pero el saber popular también puede ser un gran embaucador. «El ron ayuda a evitar el contagio, ¡no! un traguito de oporto por la mañana es mejor». «Comer cuatro dientes de ajo al día te sanas, ¡si, eso! “¡Vamos!», «El doctor me recomendó trementina». En fin, en esos momentos de histeria y desesperación todo sirve para dar algo de esperanza. Algunos doctores arriesgan sus propias vidas haciendo de sus cuerpos un laboratorio de experimentación. Inoculándose el resultado de una filtración de tomas de sangre de enfermos o de esputos, registran con detalle todo lo que experimentan, fiebres mareos vómitos, para encontrar una cura que no

llegará hasta quince años mas tarde. Mientras tanto, la gripe española se lleva a Francisco y Jacinta, dos de los pastorcitos del milagro de Fátima y el fin de la gran guerra deja un espanto en las calles que solo, veinte años después, las bombas que caerán sobre sus ciudades hará olvidar.

En el año de 1348 la peste negra causa estragos en Italia. Había desembarcado en el puerto de Messina en naves de comerciantes genoveses provenientes de Asia. Desde allí se expande por las eficientes rutas comerciales del mediterráneo: Marsella, Mallorca, la Península Ibérica, y luego se abre camino como un bisturí por toda Europa —incluso hasta las islas británicas y el sacro imperio romano germánico—, realizando profundas incisiones en el comportamiento de sus habitantes. Los señores burgueses huyen con su servidumbre a sus casas de campo. El nombre de los pueblos desaparece, las relaciones parentales desaparecen, los padres abandonan a sus hijos, todo es confusión porque ya nada de lo que suceda en la tierra importa. La histeria generalizada despierta los mas bestiales comportamientos del fervor religioso. Buscan culpables y estos aparecen rápidamente. Se levantan miles de hogueras para ajusticiar a los extranjeros y minorías religiosas. Miles de niños y sus padres arden por toda Europa. Locura. Entran en escena los “flagelantes”, un grupo de saltimbanquis religiosos con visiones apocalípticas. Peregrinan por diferentes pueblos lacerando sus cuerpos con látigos que salpican su sangre sobre las multitudes que piden clemencia a un Dios ya tan lejano. El escritor florentino Giovanni Boccaccio, describe en su clásico “El Decameron” que “para curar tal enfermedad, no parecía que valiese ni aprovechase consejo de médico o virtud de medicina alguna”. No había absolutamente nada que hacer ante una pandemia que mató a más de la mitad de la población europea. Sangría con sanguijuelas, ungüentos de hiervas, rezar, fuego. ¡Demonios, nada sirve!. Pero algunos médicos con curiosidad científica tratarán de encontrar una cura en el primitivo mundo medieval. El joven galeno de Avigñon, Guy de Chauliac, se entregó por entero en buscar una sanación y acompañó a los enfermos hasta que cerraron sus ojos para dejar este mundo de total caos. Muy pronto el doctor también se contagia. Pero lejos de desmoralizarse, en los trágicos momentos que su vida se consumía, De Chauliac, logró entintar su pluma y siguió documentado todo el proceso de su enfermedad. Y no solo eso, siguió experimentado con su cuerpo todo tipo de sanaciones y ¡oh!, ¡precioso milagro! Logró sobrevivir, como si todos los enfermos a quienes acompañó en su agonía, le hubiesen regalado lo mejor de sus últimos momento de vida.

No puedo sentir más que compasión por aquellos que vivieron los terribles acontecimientos de su época. Si lo piensan bien, somos afortunados. Las condiciones de higiene, salud y equipamiento sanitario no son comparables a las vividas por esos humanos de los siglos anteriores. No hay que olvidar la historia. Es bueno escarbar en el pasado para entender el presente, poner los sucesos en el necesario contexto para seguir adelante y trabajar en el futuro con inteligencia y sabiduría. La razón es muy simple y lo acabo de demostrar con estos sencillos recuerdos: el mundo es cíclico. El miedo, desconfianzas, ignorancia, individualismo a veces se repite porque nos sentimos víctimas de un mundo que desconocemos. La memoria, la historia. Karl Popper, lo decía con mucha claridad “es cierto, hay muchas cosas que no funcionan, pero nunca en la historia de la humanidad hemos estado mejor que ahora”. Dentro de esas cosas buenas están todos quienes trabajan en los hospitales, arriesgando su propias vidas y la de sus familias para ayudarnos y darnos algo de esperanza. Esperanza, que bella palabra. También están todas aquellas personas que cada noche, a las siete, se detienen frente a los hospitales de Nueva York para agradecer. Los carros de bomberos se detienen frente a los hospitales, la policía, y hacen sonar sus sirenas. Las personas aplauden y gritan. Los vehículos que pasan tocan sus bocinas, en la terraza de un edificio se escucha la canción “New York, New York” de Frank Sinatra. Es algo que no deja de conmover ¡Que noble gesto! Y los que no pueden salir a las calles, desde sus ventanas hacen sonar sus ollas, pegan grandes carteles de agradecimientos en las ventanas, y nuevamente gritan y aplauden, creando una brisa de voces que retumban por todas las calles de la ciudad. Por eso yo también quiero agradecer a mis amigos y a todos los que trabajan en los hospitales en sus diferentes funciones:

janitors,

escoltas,

ayudantes,

recepcionistas,

personal administrativo,

conductores y personal de ambulancias

guardias de seguridad,

cocineros, personal de cafetería y catering,

técnicos (carpinteros, electricistas, cerrajeros y handyman),

paramédicos,

enfermeras y

doctores.

A todos ellos, muchas gracias.

Manhattan 21 de mayo de 2020.

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