El misterioso vapor

Actualizado: 26 abr

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Créanlo cierto o no, debo confesarles uno de los grandes secretos que oculta la ciudad de los rascacielos. No es algo de lo que se hable abiertamente, o por lo menos, nadie en su sano juicio te lo dirá durante una conversación en el café, mientras esperas el turno en la lavandería, o durante un encuentro casual en el bar. Y es obvio. Como decir que la ciudad de Nueva York, la Gran Manzana, la capital del mundo, La ciudad que nunca duerme, está emplazada sobre un activo y peligroso campo de geisers. Yo creo que muchos neoyorkinos lo sabe. Si los observas bien, hacen un gran esfuerzo para ocultar la ironía que sienten al responder sobre las razones del extraño vapor que emana de las alcantarillas. Muchas de esas explicaciones son realmente absurdas, pero con el tiempo, aceptadas por todos; por ejemplo, dicen que son vapores que escapan del sistema de la red de calefacción de la ciudad o escapes del sistema de energía subterráneo. Más absurdo aún, andan circulando por ahí dudosas investigaciones de revistas científicas que avalan esas explicaciones. Lo cierto es que Nueva York es una gigantesca fuente termal, de energía inagotable y siempre a punto de estallar. Sus campos son los más grandes del mundo, diez veces más que los de Yellowstone o del desierto de Atacama, en Chile, entregándole a la ciudad recursos tan poderosos como el de muchas plantas nucleares o pozos petroleros, y esta información no aparecerá en ninguna guía Michelín o la National Geographic. Pero creo que esa peligrosa energía salvaje, incontrolable, de ebullición constante que fluye desde el subsuelo, ha traspasado de alguna extraña forma sus cualidades a los ciudadanos, moviendo con la misma fuerza la ambición de miles de inversionistas, topógrafos, obreros, ingenieros, ilusionistas del futuro, trapecistas del día a día, hombres y mujeres visionarios que llegaron a construir una ciudad próspera y ciertamente improbable.


Pero cuando ya ha caído la noche y los irritados rostros de Manhattan, consumidos por la magia nocturna se transforman en algo más amable, cuando los taxis avanzan como adormecidas luciérnagas y el neurótico ruido de los vehículos policiales son solo un rumor a la distancia, en medio de todo ese relajo nocturno –si se puede hablar de relajo en una ciudad como Nueva York – es cuando se observan con mayor claridad todos los puntos de ebullición del misterioso vapor. Y entonces, sólo la metáfora sirve para explicar lo que he visto durante esas noches: Por todas las calles, cientos de espíritus salen de las alcantarillas casi arrastrándose por el pavimento. Sobrecogidos cuerpos que después de siglos de espera en estrechos conductos de roca porosa se elevan buscando la luz del astro mientras observan una ciudad que ciertamente desconocen. Y es cuando ocurre el más hermoso de los milagros, ya que al primer contacto con su luz, esas figuras imperfectas, confundidas pero resueltas, se transforman en formas casi humanas vestidas de gasa resplandeciente, entonces puedes ver claramente espíritus de generaciones de soñadores inmigrantes que trabajaron para lograr lo que llamamos “el sueño americano”, espíritus que ahora avanzan seguros hacia el espacio definitivo, transformando una noche común de Nueva York, en una noche de ensueño.



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