El New York de otra galaxia

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Levantar la mirada en la ciudad y no encontrar sus estrellas, no me quita la sensación de imaginarlas y soñar con volver a verlas. Los astros y el mar, tienen un profundo significado, quizás porque crecí observándolos, recurriendo a ellos como un oráculo que me daban respuestas mediante cometas, satélites artificiales o silencio. En esta ciudad tengo mucho mar y poco de estrellas. Cuando deseo buscarlas camino por el gran “Reservoir", lo orillo lentamente buscando sensaciones y recuerdos que se contraponen. Cuando llego al extremo norte del lago, observo la gran ciudad que me parece un gigantesco parque de diversiones y yo un torpe niño que quiere entrar a jugar. No me ha ido muy bien con los astros, pero sí he disfrutado de maravillosas tormentas eléctricas; después de todo, caminar por Central Park es una experiencia que alivia la disonancia constante de la ciudad. Otras veces, camino por la quinta avenida y entro al parque por la 85 St., observando los detalles que desde la vereda puedo rescatar del “Templo de Dendur”, luego sigo por detrás del MET entre la foresta hasta llegar a mi bella “Ángel de las Aguas” en la Bethesda Fountain. Es en la noche cuando su figura se torna abstracta, irreal, un sombrío espejismo que me estremece. Es en la oscuridad cuando más me gusta estar junto a ella. Durante el invierno, cuando la nieve cubre sus alas, cuando estamos en medio del intenso frío y quedamos completamente solos, es en esos momentos cuando más disfruto de su compañía. A veces ella observa el cosmos con una desoladora nostalgia, «eres muy valiente», le digo, y ella me responde con una sonrisa infinita, y luego vuelve la mirada hacia el cielo cubierto de nubes iluminadas por una ciudad que se resiste al descanso.

¡Look up! Me gritó una noche que me sentía atrapado en un presente tan incierto que no podía llorar, ¡Look Up! Me gritaba mientras golpeaba con mis puños la nieve y ella se agitaba de formas irreales para librarse de la fuente. “¡Look Up!” me gritaba mientras sus alas se batían tan grandes que parecían tapar el cielo entero. “¡Look Up!” hasta que logró zafarse de la base y de un vuelo rapaz, bajó para abrazarme.

Así es ella.

Cuando era adolescente y trataba de buscar una explicación del mundo, una más razonable que la religión y los libros del colegio, encontré en un book store de libros usados con un cálido olor a humedad de libros añejos (lugar en el que había que entrar vestido como si fuera al Polo Norte durante los inviernos), una revista española con un artículo sobre el polvo de estrellas. Como no tenía dinero, lo leí escondido aprovechando que la dueña estaba en la caja junto a su estufa a parafina. Esa tarde de invierno de principios de los años noventa, descubrí que casi todos los átomos y componentes químicos de nuestro planeta y de nuestro cuerpo como el carbono, hidrógeno, o el nitrógeno, provienen de estrellas que dejaron de existir hace ya miles de millones de años. Ese día descubrí que somos parte del universo. Pero también descubrí que por efecto de la velocidad de la luz las estrellas que vemos pertenecen al pasado. Esos astros son espíritus, pensé. Esa tarde de invierno de principio de los noventa en mi austral ciudad de Concepción, salí del local de libros usados con una extraña sensación de nostálgica felicidad y sin pagar un puto peso por la lectura.

—Si somos parte del universo, ¿Cómo crees que es el New York de esa otra galaxia? —le pregunté a mi ángel una noche que conversábamos sobre el polvo de estrellas.

—¿De Andrómeda? —me preguntó enigmática.

— Si, de Andrómeda, puede ser.

Ella levantó la mirada lenta y errática, como buscando en medio del cosmos ese lugar que alguna vez conoció y cuya ruta había olvidado. Se detuvo en el norte, entre las constelaciones de Pegaso y Cefeo, y comenzó su relato:

«En la Galaxia de Andrómeda, existe un planeta con una ciudad llena de rascacielos que en realidad son hologramas que cambian de forma cada día. Desaparecen y aparecen nuevos edificios según la creatividad de sus habitantes que sueñan una con una metrópolis en constante transformación. Los neoyorquinos de Andrómeda son altamente sofisticados, por ello, disfrutan más el placer del tiempo y la compañía que del consumo. Los hombres descansan en los parques para gozar de sombras de extraños colores, y leer versos de poetas inexistentes o imaginar los rascacielos que mañana darán forma a su ciudad por un solo día. A veces se distraen observando alguna chica que les ha gustado y cuando ella se da cuenta de esas miradas cautivas, la rehúye nerviosa y dibuja girándulas en las cornisas de los rascacielos o traza descabelladas formas en las azoteas de los edificios que ella sueña. Los habitantes nacen para soñar y en eso ocupan gran parte de la vida. Observar la ciudad es algo que se ha quedado por siempre en mi mente. Hay un ángel como yo en cada fuente de cada parque porque sea el planeta que sea, la admiración por los viajeros del cosmos es parte importante de la vida tanto como la muerte».

—Entonces —le pregunté confundido— ¿en que se parece este New York con el de Andrómeda?

—Ambas ciudades están llenas de fantasía, inspiración y están habitadas por auténticos soñadores y creadores de realidades inexistentes.

—Y si ellos vinieran, ¿que se llevarían?

«Oh, si estas pensando en construcciones victorianas, Art Deco, museos, o rascacielos, ¡olvídalo! Probablemente se llevarían sensaciones o imágenes. Pienso en escenas de películas para luego compartirlas con sus amigos. Pienso en la discreta mirada de Audrey Hepburn frente al Tiffanys, la torpe carrera en calzoncillos de Michael Keaton por Times Square o el orgasmo de Meg Ryan en el Katz Delicatessen, allá en el Lower East Side. Imágenes solo imágenes es lo que ellos se llevan hasta el final de sus vidas. Aunque pienso que tal vez, se llevarían esos misteriosos jardines ocultos en las terrazas de los grandes edificios».

—Y si ellos quisieran llevarte, ¿te irías con ellos?... ¿Te irías?

Mi bella ángel miró hacia el cielo donde el ruido de un avión que se deslizaba entre las nubes como un delgado tiburón alado nos distrajo por unos segundos. Luego bajó la mirada para esconderla en algún punto de The Lake.


Desde aquella noche, cuando miro hacia el cielo, pienso en el New York que me relató mi bella ángel. Pienso muchas cosas, algunas de ellas tristes porque estoy seguro que no me lo ha dicho todo. A veces pienso que ese New York, el de la otra galaxia, quizás ya no existe y no podré conocerlo. ¿Qué será de ellos ahora? El polvo de sus fantasías y sueños ¿estará creando nuevas vidas? Pero luego vuelvo a la fuente y pienso en algo menos ambicioso, pienso en quien me acompañará a buscar las estrellas de Nueva York, cuando mi bella ángel se haya marchado para siempre.

Manhattan, diciembre 20 de 2019.




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