Santiago de Chile soñado

Actualizado: 28 abr

No siempre fue Santiago. No fue Valdivia el conquistador. Antes de él fueron los Incas quienes extendieron su imperio hasta este fértil valle. Entraron como amos y señores por lo que ahora es la avenida Independencia. Entraron los infantes en largas columnas sosteniendo estandartes, porras y lanzas, encabezados por arrogantes capitanes vestidos con finos tejidos de vicuña, colgantes de brillantes metales como el sol y construyeron casas, edificios públicos, levantaron sobrios templos muy distintos a las formidables construcciones del Cuzco, pero siempre pensando en las estrellas. Una moderna ciudad nació entre los brazos del Mapocho y el cerro Huelén, con calles finamente empedradas, una plaza donde realizar comercio, canales de regadío para asegurar las cosechas, trabajando de sol a sol, junto a los Picunches, quienes no opusieron mayor resistencia y asimilaron rápidamente su cultura. Mucho tiempo después entraron por ese mismo camino los españoles.


Pero ellos, se quedaron para siempre.


Me gusta Santiago. Es un buen nombre para una ciudad encerrada entre cerros y cordillera. Aislada del mundo. Suena fuerte, con carácter único, inconfundible. He escuchado que hay otras ciudades con el mismo nombre, pero también he escuchado que éste Santiago, es más ordenado y limpio. Más moderno. En realidad no conozco otros Santiago, por eso opino en base a lo que escucho cada día en esas conversaciones de los cafés frente a la barra, esas conversaciones entre el lustrabotas y el ejecutivo apresurado, en la parada del microbús, o quizás en las portadas de los diarios colgados en los quioscos del paseo Huérfanos. Pero aunque no escuchara nada, siento que esta ciudad siempre fue ordenada, claro está, dentro de un contexto Latinoamericano. ¿Tranquila? claro que no. Si bien los españoles se quedaron, no la tuvieron fácil. La búsqueda de una identidad tiene trabajo y el cacique Michimalonco y luego Lautaro se las ingeniaron para martirizar esa nueva ciudad que se resistía a desaparecer, más aún con un testarudo capitán español de apellido Valdivia, decidido a encontrar fama y gloria en esta tierra. Muchos años después fue la rebelión de los criollos, esa nueva raza nacida en esta tierra que se educó y emuló de manera más austera la cultura española, para luego luchar contra ella y derrotarla. “Cría cuervos y te sacarán los ojos”, habrá pensado más de algún soldado real español desangrándose en el campo de batalla. Nació un nuevo país y Santiago siguió progresando como su capital. Luego llegaron los ingleses y los santiaguinos fascinados con sus formas, buscaron una identidad queriendo ser como ellos. La guerra en el norte contra otros países y luego, casi al finalizar el siglo diecinueve, la guerra en nuestras propias calles. Saqueos de casas, linchamientos, santiaguinos contra santiaguinos para defender el poder de los capitalistas ingleses y de la iglesia. Esta vez ganó la bolsa de Londres y el Vaticano. Posterior a ello los militares se acostumbraron a lo fácil y la sangre de los capitalinos siguió corriendo por las calles bajo sus balas. Soldados asesinando a civiles en las calles de la capital, cada protesta que buscaba encontrar algo de justicia en una ciudad injusta, era callada con balas pagadas con el salitre. Santiaguinos ricos construyendo palacetes en calle dieciocho, en la avenida Brasil, a lo largo de la Alameda, para que luego los terremotos los dejara en el completo olvido. Porque sí, el santiaguino olvida rápido. La belle epoque chilena. Una alta sociedad completamente empapada de lo francés, francófila, gastando toda su fortuna en impresionantes palacetes en París a costa de la pobreza de trabajadores angustiados de tanta opresión y luego, más crueles y sanguinarias noticias de muertes llegaron desde ese norte. Fue en una escuela de Iquique. La paz parece que nunca llega a esta ciudad. Hace unas cuantas décadas atrás, otros militares mataron a más santiaguinos. Mujeres, hombres y niños, cayeron bajo armas más elaboradas y crueles que la de los españoles y los incas. Duele mucho ver tanta crueldad, más cuando es contra los propios habitantes. Hermanos, como he escuchado decir en algún discurso.


Después que terminó la dictadura, Santiago creció rápidamente y ahora es otra ciudad, de opulencia, de la apertura al mundo, un adolescente malcriado con eso del jaguar de Latinoamérica, rascacielos, autopistas y centros comerciales que huelen a jazmín, y grandes cadenas de comida rápida. El santiaguino se transformó, cambiando el pollo asado con papas fritas, el chapsui de pollo con arrollado primavera, la Coca-Cola de litro, por el fresco sushi, el pollo Tikka Masala, Pad Thai, la Coca-Cola de tres litros, el wisky etiqueta roja, ron, vinos finos de cepas francesas, alemanas o italianas, con el detalle de su composición en su etiqueta, como si eso les interesara. Ir a Miami ya no era cosa para los “rostros” de la televisión, miles de santiaguinos comenzaron a viajar a sus playas, para comprar y comprar lo que aquí no se puede. Viajes a Disney y el caribe. Me resulta gracioso recordar; estos nuevos capitalinos se parecen muchos a los de la época del salitre. Los capitalinos ya no miran cabizbajos, no susurran cuando les preguntan de donde vienen. Pero es un Santiago lleno de adolescentes, alocados en sus gigantescos autos norteamericanos y europeos que parecieran estar diseñados para conquistar el corazón mismo del Congo. Estos santiaguinos parecen adolescentes que no saben que hacer con esa libertad manejada por la televisión y las vitrinas sale off atiborradas de productos, de los viernes en el barrio Suecia, las secretarias en el happy hour, un Santiago donde ya no es chic decir palabras en francés como en la opulenta época del salitre, sino que es cool decir con un buen acento coaching, freelance, costumer experience, manager, senior, big boss. Ellos no saben quienes son, no saben a donde van, buscando una identidad lo más alejada posible de ese cerro Huelén que sigue ahí mismo donde siempre ha estado donde siempre yo lo he visto esperando.

Santiago, febrero de 2017

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