Nombres extraños

Actualizado: 27 abr

Fui empleado público durante 13 años. Me desempeñé en el Departamento de Delitos, en el Departamento de Grandes y Medianas Empresas y en el Departamento de Capacitación del Servicio de Impuestos Internos. Era un buen trabajo, honesto en la línea de mis ideales, pero la monotonía y burocracia del ritmo público comenzó a fastidiarme y no tuve otra opción que renunciar. Todavía recuerdo las voces perturbadas saliendo por el teléfono. ¿Te has vuelto loco? ¿Cómo tan irresponsable? ¡la gente no te va a respetar! En las mentes de esas personas, no cabía la idea de que alguien renunciara a un trabajo tan seguro, con una mínima cuota de poder y bien remunerado, más aún cuando recién había nacido mi pequeña hija. Pero siempre me he sentido libre y he hecho lo que me motiva hacer, y mi esposa, que tan bien conoce mi espíritu, me apoyó a pesar de los riesgos. Mi pequeña hija a su corta edad, también lo hizo. Lo noto por la luz que refleja su traviesa mirada cada vez que corremos tras la pelota en el patio, pisamos las pozas de agua o revisamos sus libros de animales que tanto le gustan.

Bueno, pero no quiero ocupar el espacio de este escrito en eso. El asunto es que durante mi trabajo tuve acceso a mucha información de contribuyentes y obviamente de sus nombres que era lo que más me interesaba. En las fichas electrónicas, declaraciones de impuestos o formularios de trámites administrativos, buscaba alguno que llamaran mi atención. Quizás lo hacía pensando en que en algún momento lo iba a utilizar para un cuento o novela, o simplemente para entretenerme imaginando sus rostros, o para conversar con alguien sobre ello y filosofar sobre qué lleva a esos los padres registrar a sus hijos con nombres tan exóticos. Yo mismo sentado frente al oficial del registro civil en Providencia, pensaba en la enorme responsabilidad de entregar esos dos nombres de mi hija-LAURA ANTONIA- que marcarían su identidad. ¿Han oído alguna vez? “Ah si, tiene cara de Sebastián” o “tu personalidad es como de las Antonias” o “hablas como un Francisco Javier”, etc. Mi abuela me contaba que en su época a los hijos los registraban según el nombre del día que nacían. Yo pensaba que era horrible dejar tu identidad al azar religioso, pero entre San Bonifacio o Brayatan, no hay donde perderse. Hace un tiempo leí que en Chile alguien había hecho un estudio sobre los nombres más comunes según la clase social. Por ejemplo, en la clase alta, zonas como Vitacura, Las Condes, La Dehesa, Providencia, de tradición Católica, son muchos los nombres de María, Josefa, José, Santiago, Pedro, Dominga, o algo más exótico como Bruna. Otras familias gustan de nombres más naturales como Luna, Sol, Libertad, etc.

Un estudio de la Universidad de Concepción (mi alma Mater), reveló algo que ya todos sabemos: hay nombres que generan rechazo o aceptación social. No les voy a decir que nombres producen tal o cual efecto, “gugléenlo”. Hace unas semanas, revisando algunos archivos de un viejo Laptop que utilizaba para escribir mis cuentos, encontré ese archivo perdido en donde aparecían nombres de contribuyentes que por alguna razón tuve que revisar sus expedientes para ser fiscalizados o por otras razones administrativas. Me sentía como ese extraño y anodino personaje “José” de la novela “Todos los nombres” del escritor Portugués, José Saramago.

Y estos son algunos de esos nombres: Lastenia, Miguelina, Modesta, Bella América, Margarita Primitiva, Alelí, Celma, Viekoslav, Uberlinda, Lindora, Tulia… y de hombres, Rozamel, Rosauro, Davor, Dámaso, Floridor, Herdoscio, Hilario, Hagapito, Amador, Egerson, Policarpo, Rosalindo, Estalisnao, Sofanor, Teodosio…. Todos contribuyentes de impuestos, personas reales con nombres extravagantemente que alguna vez pasaron frente a mi computador o en algún formulario en papel. Tuvimos alguna relación, nombres que quizás no dicen mucho pero que me relacioné con ellos y que al leerlos me divertía imaginando sus caras. ¿Hagapito? ¿Margarita Primitiva? ¿Como te las imaginas tu?

También encontré nombres “ingleses” adaptados al “spaglish” como: Brandon, Shirley, Barnaby, Radamex, Herandy, Neptuno, el ya popular Yonathan y Brayatan, Yesenia, Bayron, Fransua, Yerson, Yosiney, Dayana, Betzy, Newton y mi favorito, Wendy y Axe.

En Ecuador se publicó una ley para que se prohibiera registrar a los niños con nombres estrambóticos que podrían denostar su vida habitual. Una buena idea. Ojalá en Chile se hiciera algo parecido, y que incluso se castigue a los padres, con a lo menos cien latigazos, que intenten registrar a sus hijos con semejantes nombres.


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