Carros Dormitorios

Actualizado: 26 abr

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Bajo las calles de Nueva York, cuando ya ha anochecido, en el túnel, bajo la oscuridad de una ciudad trashumante, entre la aleación de una tenue luz y los ruidos metálicos del subterráneo, es cuando los carros del subway se transforman en solitarios dormitorios. Pasillos que exhalan la modorra de cuerpos tendidos en camastros de fibra y plásticos armazones. En dormitorios sin lámparas ni cabeceras, sin edredones ni sábanas ni veladores donde dejar un retrato del tiempo. Cada carro es una constelación de sueños inconclusos. Un campo de nichos solitarios y melancólicos. Cuerpos de sangre caliente que descansan en paz su agonía. Desterrados del mundo para morir en el vaivén de los trenes. Cierran sus ojos y parecen niños que se aferran a los brazos de una madre ausente. A veces estiran sus cuerpos o se contraen como gigantes fetos abortados por una ciudad que los desprecia. Una ciudad que ha deformado su naturaleza. Se abren las puertas y entran algunos pasajeros envueltos en perfumes de alcohol, tabaco y esa exagerada alegría neoyorquina en el tono de sus conversaciones. No los miran porque los carros dormitorios tienen una regla: no molestar a los bellos durmientes. Su somnífera presencia. A veces el carro los zarandea y les susurran al oído “bienaventurados los que duermen”. Entonces se estremecen. Abren sus ojos displicentes, quizás confundidos al nos saber en que lugar de Nueva York se encuentran, bostezan y se vuelven a cubrir con sus abrigos como si fueran suaves sábanas de seda. Recuerdo que una noche (pasada ya la media noche), cuando regresaba a casa por la línea 6, una joven de unos veinticinco años (tal vez menos), de rostro pálido y mirada dulce, yacía cerca de una de las puertas que cruzan los vagones. Se cubría con una casaca color rosa. Pelo castaño amarrado con una cinta rosada y una deslucida orquídea plástica. Vestía un pantalón de pijama escocés y unas pantuflas de “Hello Kitty”. Estaba arrinconada contra el muro, la mirada de terror de un cuerpo descompuesto. Abrazaba su pequeño oso de peluche. “Teddy” le dicen acá. Lo apretaba contra su pecho, como protegiéndolo de esos fantasmas que tanto daño le han hecho. Pero esa mirada tan dulce y temerosa a la vez, no puedo olvidarla. ¿Porque su ternura se encuentra en un carro del subway? ¿porque esta noche no está en los brazos de alguien que la ame? Una vez leí que “Cualquier clase de inhumanidad, con el tiempo se convierte en humana”, fue Kawabata, en su novela “La Casa de las Bellas durmientes”. Los carros dormitorios para mi son un misterio. Un misterio del dolor humano, un misterio del abandono y la soledad constante de la gran ciudad.

Manhattan, 12 marzo de 2020.

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