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When the Rain Begins to Fall

10 sept 2022
3 min de lectura

Actualizado: 9 mar


Desde mi ventana la lluvia parece tener un extraño aroma, como si fuese una humedad de otras décadas, y aún no entiendo por qué esta sensación de nostalgia. Es una tarde cualquiera de primavera, en Lexington con la Noventa y Cinco, que desaparece lentamente desde mi ventana. Hace dos meses que vivimos en este pequeño trozo de Manhattan llamado Carnegie Hill y el lugar me gusta porque es tranquilo y limpio, aunque a veces extraño esa fascinante locura que, cara a cara, encontraba durante mis paseos nocturnos por East Village. Pero la vista desde mi escritorio en el piso seis es envidiable. Ahora mismo, observo esta lluvia que dirige a su antojo la dinámica de esta ciudad. Personas de diferentes razas y culturas salen y entran del metro con paraguas y botas de goma, tirando las correas de sus perros, cansadas, impasibles, se cruzan con otras vestidas de polera y leggings deportivo que cruzan apresuradas la Noventa y Seis, para entrar al café de la esquina. Nadie levanta la vista para ver este inmenso cielo que yo veo. Esos ciudadanos respetuosos de las normas siempre están apurados, porque hay que hacer el transbordo en la estación Ciento Veinticinco, porque hay que llegar a tiempo para atender a los hijos en Astoria, Flushing Main o Jackson Heights, porque se inundó el subterráneo, porque hay que mentalizarse para soportar una ciudad que no se detiene a consolar a los cansados. Las duras calles flanqueadas por una mezcla de estructuras eclécticas, esos townhouses con ínfulas de grandeza junto a edificios modernos, de un momento a otro se anegan de torrentes de agua que corren hacia las alcantarillas y el cielo deja de ser esa sumisa réplica de ciudad lanzando feroces estruendos que se escuchan a lo lejos. Al fin muestra sus dientes. ¡Y vaya que sí los tiene! La lluvia golpea con fuerza, se escucha cómo choca contra el pavimento y me agrada ese espectáculo de nubes envolventes, cenicientas, pardas y azabaches, que contrastan con estos edificios de falsos detalles diseñados en hierro fundido, y esos árboles en las azoteas a los que el viento somete complacientes desde lo alto, como una águila de presa. Me siento cómodo. Me siento cálido y protegido en una ciudad totalmente desconocida, y es extraño porque, de la nada, recuerdo el coro de una canción muy popular por allá en los ochenta, que decía:


… and when the rain begins to fall…


Es lo único que recuerdo, pero Youtube lo hace todo.


Escribí la frase y aparecieron melodías de relajación, poemas, canciones de reggaetón, salsa, hasta que, al fin, doy con When the rain begins to fall de Jermaine Jackson y Pia Zadora. No tenía idea que ellos existían, pero ahí está la canción que buscaba. Es la primera vez que veo el video, y la verdad es que no tiene ninguna relación con Nueva York, pero mi mente hizo una extraña conexión entre la lluvia, mi niñez y esta indescifrable ciudad cuadriculada. No logro situarla en momentos exactos, porque la tocaban repetidamente en la radio, pero fue durante un invierno cualquiera en casa de mis padres, y siento ese olor a humedad y parafina quemada de la vieja estufa, mientras en la radio IRT el locutor anuncia esa canción y yo, mirando ansioso por la ventana la lluvia torrencial, como gato frente a la carnicería, esperando que se detenga para salir a la calle y pisar las pozas de agua que luego de la lluvia se transforman en extensos océanos, escenarios de batallas navales entre barcos de papel y cascaras de nueces. Inviernos de un adolescente que llega mojado hasta los calzoncillos a la universidad luego de caminar algunos kilómetros bajo la lluvia y la sonrisa de mis compañeros que capeaban el frío con sus burlas sobre las ridículas botas vaqueras que usaba el profesor de auditoría. La sonrisa de mi padre mientras sacamos cochayuyo en la desembocadura del indomable Biobío, después de un gran temporal y las ricas ensaladas con cilantro y cebolla que preparaban mi madre y mi abuela para la cena. La lluvia tiene ese encanto. Me hace más introvertido aún. Me hace recordar y eso es bueno cuando se vive en una ciudad tan acelerada como Nueva York. Pero solo basta bajar la vista para que aparezcan sus estructuras inertes. La música acompaña y aliviana esa nostalgia que comprime un poco mi pecho.


A veces pienso que nada de eso fue real, que mi abuela, mi padre, esas calles de tierra, los barcos de papel, el mar de Talcahuano y su aire salino, esas viejas imágenes de Nueva York, tal vez fueron inventadas por mi mente para soportar las intensas emociones de una ciudad totalmente desconocida; y sí, el presente es tan excitante que a veces me confunde. La ciudad que buscamos no siempre está en lo que vemos, también puede estar nuestros recuerdos.


Manhattan, 6 de agosto de 2020.


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El primer Speakeasy de Música para las ratas abrirá el archivo por unas horas. Conversaremos sobre la novela, su proceso creativo y leeremos fragmentos inéditos y exploraremos la ciudad invisible que habita bajo Nueva York. Los asistentes recibirán extractos exclusivos del manuscrito y textos secretos escritos por el propio Flautista.
Sábado 29 Agosto.
"La ciudad que no vemos" es un conversatorio sobre memoria, migración y fantasmas urbanos en Nueva York. Esteban Escalona conversará junto a otros escritores neoyorquinos sobre ese Nueva York oculto y marginal que no aparece en las postales turísticas. Ademas se leerán fragmentos inéditos de Música para las ratas. Una noche de literatura, ciudad y archivos ocultos. Los asistentes recibirán extractos exclusivos del manuscrito y textos recuperados escritos por el Flautista.
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"Salimos del callejón y nos sentamos en la vereda. Observamos a la gente, la lluvia. Saqué unos American Spirit. Le encendí el cigarro y su rostro se iluminó en medio de la llovizna, acompañado por la melodía de Miles Davis que se apagaba en el bar. Hubo en su expresión algo tan compasivo que solo pude dar una calada y exhalar el humo hacia el cielo, mientras ella, con la mirada indiferente, contemplaba la alegría nocturna de la ciudad.". (Música para las ratas)

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